05/03/06

La casa encantada

Tras las cortinas, más de un vecino observaba la mudanza con cierta desconfianza.
¿Quiénes eran esos jóvenes?
De aspecto un tanto estrafalario y alegre.
Con la seriedad con que juegan los niños, acarreaban muebles, cajas y objetos.
Casi silenciosamente llevaban toda la tarde aplicados a su labor.
Cuando algún vecino pasaba, cedían el paso con calma saludando cordialmente.

Después de aquella tarde pasaron los meses y ninguno de los funestos presagios se llegó a cumplir.

Por las mañanas se les veía salir a lo que podían ser sus estudios o sus trabajos.

Ningún escándalo, ni continuas fiestas o jóvenes alocados de visita.

Los habitantes de la casa no sobresalían especialmente de la actividad y el ritmo del vecindario.

¿Cuántos serían?

Precisamente, esa aparente normalidad parecía inquietar aun más a los habitantes de los alrededores.
Y no faltaron quienes vaticinaron aun peores augurios para el futuro.
- Seguramente serán terroristas, narcotraficantes o de alguna oscura secta satánica. También una tapadera de la trata de blancas.
Y seguramente por alguna de esas razones procuraban no llamar la atención.
Pero aquellos que habitualmente se cruzaban con ellos y les saludaban no veían nada agresivo ni turbio en la serena sonrisa y el saludo cordial que recibían de ellos.

La inquietud o tal vez la curiosidad de los vecinos terminó por llegar al comisario del barrio, hasta contagiarle.

Especialmente tras la conversación con su mujer, Sara, que le instaba a visitar la casa y así aclarar la situación y tal vez calmar al vecindario.

No era la desconfianza lo que impulsaba a Marta a actuar de este modo pues figuraba entre quienes precisamente simpatizaba con ellos. Era su curiosidad y cierto desasosiego al ver que la cuestión adquiría magnitudes desproporcionadas entre sus vecinos.

Así que a la siguiente mañana el comisario se encontraba a primera hora de la mañana pulsando el botón de la casa mientras ensayaba mentalmente su discurso.

-Buenos días.
-Buenos días -respondió la joven somnolienta vestida con lo que alguna vez podría haber sido un camisón.
-Señorita, es simplemente una formalidad, soy el comisario del barrio.
-Ajá, -respondió la joven haciendo un esfuerzo por abrir mucho los ojos y atenderle con el debido respeto.
-Como le decía soy... bueno, yo.

Y en esos momentos la joven se dio vuelta rogándole la excusara y la esperara.

Desde la puerta entreabierta podía ver el pasillo hasta el patio; no se percibía nada extraño.
La espera comenzaba a incomodar al comisario y se preguntaba qué había venido a hacer.
Nadie había cometido ninguna irregularidad que justificara su visita.
¿Qué hacía plantado delante de esa casa? No debió dejarse presionar por sus vecinos ni por su mujer.

Al tiempo, otra joven se dirigió directamente a la puerta saliendo de una de las habitaciones, pasó por su lado dándole los buenos días y antes de que él pudiera responde, ella se alejaba a paso ligero de la casa.

Casi la misma escena se repitió con una pareja que agarrada de la mano de nuevo se alejó, esta vez en dirección contraria.

Tenerle esperando de ese modo en la puerta era una falta de respeto a la autoridad; después de todo, él era el representante de la Ley. ¿Quiénes se habían creído que eran esos mequetrefes?...

Sus pensamientos y su creciente irritación desaparecieron porque afortunadamente la misma joven que le había recibido, apareció perfectamente vestida.
O mejor sería decir completamente vestida.

De un modo que el comisario calificaba de "poco usual" en una señorita, pero que nadie podría afirmar que no era decente o fuese provocativo.
Pues la otorgaba un aspecto casi infantil que la hacía parecer completamente inofensiva en todos los sentidos.

- Bueno señorita, como le decía es sólo una formalidad.
Mire yo...

Y de nuevo la joven se dio vuelta gritando "la leche" y dirigiéndose a paso ligero a lo que seguramente sería la cocina.

De nuevo estaba solo en la puerta esperando y otros dos jóvenes depilaron ante sus ojos dirigiéndose, tras saludarle amablemente, a un auto con el que se perdieron entre el trafico.

Estando esta vez la puerta completamente abierta se atrevió a entrar dando dos pasos al recibidor donde intentaba atisbar un poco mas la casa.

Seriamente irritado se movía en dos metros cuadrados como un león enjaulado.

Al aparecer de nuevo la chica, toda su irritación salió en tropel, atropellándose las palabras en la frase gritada.

¡¿QUÉ HACEN USTEDES AQUI?!

Le siguió un silencio y la joven, algo sorprendida, le respondió en un tono claro y sereno.

- ¿Cómo que qué hacemos?
- Sí -respondió el comisario con su labio inferior tembloroso-. ¿Qué hacen ustedes aquí? -Y enfatizó el tono inquisitorial alargando las últimas palabras de la frase.

- Convivimos -respondió la Joven con simplicidad-. ¿Quiere usted un café?



Algunas semanas después de la anécdota del comisario, alguien de nuevo llamó a la puerta.
De nuevo fue Clara la que abrió la puerta, pues ella siempre era la que abría, como si siempre estuviera esperando una carta o alguna gran noticia.
Ante ella había una mujer de unos 45 años no demasiado alta, hermosa de cara y un poco entrada en carnes sin llegar a estar gorda.
- Busco a la señorita Clara.
- Soy yo. Respondió la Joven.
- Aaah, eres tú -comentó la mujer en un tono mucho menos formal y un tanto más alegre.
- Me dijeron que tú eres estudiante de música.
- Es cierto -respondió Clara con los ojos muy abiertos; solía abrirlos mucho cuando intentaba prestar especial atención.
- ¿Puedo pasar? -comentó la mujer tímidamente.
- Sí, claro.
- ¿Dónde tienes el piano?
- En mi pieza.
- ¿Puedo verlo?
- Pasa.
Y ambas entraron en la espaciosa habitación poniéndose delante de un viejo piano.
La mujer miraba el piano con una gran alegría y la joven a la mujer con un gran asombro.
-Me llamo Sara, escribo música pero no puedo tocarla porque no tengo piano.
-¿Cómo?
-Sí, mi marido dice que sería un gasto inútil y a mí no me alcanza lo que gano para comprarlo.
Tengo aquí...
Y abrió una carpeta.
Me gustaría escucharlo al menos una vez. Te pagaré lo que sea necesario. ¿Querrás tocarlo para mí?
- No es necesario que me pague. ¿Por qué no lo llevó a un piano bar o algo parecido?
-Me daría muchísima vergüenza que alguien pudiera escuchar lo que compongo. Por eso mi marido dice que sería inútil comprar un piano.
-Esta bien, dámelo.
-Sara le entrego las partituras con los ojos humedecidos por la emoción en los cuales se podía leer un enorme agradecimiento.
- Tan pronto como Clara puso sus dedos sobre el teclado, la música comenzó a fluir, fluía sola, llena de emociones y podía sentir cómo la música le hablaba. Casi no necesitaba mirar la partitura para continuar tocando, pues esta fluía como si fuese su propia música y sus manos se deslizaban solas. Mientras tocaba podía sentir a Sara a su lado y sabía que Sara la sentía a ella.
Cuando la pieza terminó ambas se miraban a los ojos como quien comparte los más profundos secretos.
-Gracias -dijo Sara recogiendo la partitura con timidez y lágrimas en los ojos.
Con sus papeles bajo el brazo se dirigió a la puerta con pudor.
-¡Sara! -exclamó en tono alto la joven, como quien se acuerda de algo importante en un momento no esperado.
Sara la miró.
-La hija con la que sueñas eres tú.
A Sara se le cayeron los papeles y como quien ha sido descubierto en la mitad de un crimen, salió corriendo sin ni siquiera recogerlos.
Aunque la Joven la siguió hasta la puerta, ésta montó en un taxi y desapareció antes de que hubiese podido llamarla.
Con cariño, la Joven recogió ordenadamente las partituras del suelo, se sentó en su mecedora con la partitura en la mano y quedó largo tiempo con la mirada perdida en algún lugar lejano.

Varias semanas más tarde, cuando Clara regreso a casa, Sara estaba esperándola en su habitación sentada en la misma mecedora y con la mirada igual de perdida.
Al momento de entrar, Sara se levantó.
- Venía a buscar las partituras.
Clara le acercó una carpeta decorada a mano.
- Están dentro la carpeta; la he hecho yo para ti.
- Gracias.
Y Sara se dirigió hacia la puerta.
- ¿No querrás escuchar algo compuesto por mí? -dijo Clara con rapidez en un intento de retenerla un tiempo más.
- Sí, claro .Y su rostro se iluminó con una sonrisa. Se sentó en la mecedora y se dispuso a escuchar.
- ¿Por qué no tocas esta vez mi partitura?
- Y la sonrisa de Clara se iluminó aun más.
La música empezó a fluir y de nuevo la magia se hizo. Clara tocaba el tema como si fuese el tema de su vida y como si siempre lo hubiese tocado. Otra vez las dos eran una. Y las lágrimas terminaron anegando los ojos de ambas.
Al termina la pieza, Sara comenzó a hablar como si se tratase de un monólogo.
- Mi marido tiene una amante. Él dice que a mí me quiere pero de otro modo. Hace veinte años que está con ella y hace muchos años que no hacemos el amor. Yo le quiero, ¿sabes? Él tiene muy buen corazón, a veces pienso que es ella quien le tiene embrujado. Llevo esperando veinte años a que se de cuenta. Pero ahora quiero irme. Lo malo es que me da mucho miedo, estoy muy sola. A dónde iría? ¿Qué haría? Ya me acostumbre; él me trata bien y cuida de mí y yo intento cuidarle porque la otra no lo hace.
Además él me valora, me dice que valgo mucho y que soy muy sensible, incluso a veces dice que soy hermosa. ¿Quién más podría ya verme hermosa?
Si al menos tuviera una amiga, una compañera, tal vez me atrevería a dejarlo para siempre.

- ¿A dónde te gustaría irte?
- No sé, a Buenos Aires o tal vez por Europa a ver el mundo.
¿Qué te gustaría hacer?
- Tocar mi música sin miedo.
Sin saber por qué ni cómo, Clara se encontró diciendo:
- Veámonos mañana; yo tengo algo de dinero e iremos a Buenos Aires. Allá tengo amigos, tocaremos y te verán hermosa.
Ella no había querido decir eso, las palabras habían salido solas. Dejar a sus compañeros de casa, su familia en definitiva. Era una locura.

Sara la miró diciendo:
-No me atreveré; le quiero.
Clara se tranquilizó porque sus palabras le habían casi jugado una mala pasada.

Pero a la mañana siguiente timbraron a la puerta y ahí estaba Sara con una pequeña maleta.
Respirando hondo dijo:
-Bueno, lista, vámonos.

Clara se encontró empaquetando sus cuatro cosas y ambas se dirigieron calle adelante, perdiéndose en una soleada mañana.
Al llegar al aeropuerto a ambas les invadía una enorme sensación de libertad y una gran alegría.
Se subieron al avión juntas.
Pero al despegar: Sara no estaba en su asiento.
Todo el viaje en el avión se devanaba los sesos intentando entender qué había pasado. Ella se había metido en ese viaje por ayudar a Sara que se encontraba atrapada por una falsa esperanza. Y ahora era ella la que se alejaba a miles de kilómetros de aquello que más amaba. ¿Qué había pasado?

Así que aquella misma noche, Clara vagaba por esa gran ciudad aun desconocida. Sin saber por qué, sentía que estaba buscando a Sara. Aun sabiendo que esta no había bajado del avión en ese lugar.
Entró en un café donde un pianista tocaba un viejo tema de Jazz, Summertime (Tiempo de verano)
Al terciar, apenas quedaban clientes, pago su café y en esos momento el pianista se puso a tocar el tema de SARA.

Con paso firme, casi corriendo se acerco a él.
- ¿De quién es ese tema?
- La música es del que la escucha.
- Sí, pero ¿quién escribió este?
- Lo sabes muy bien, pequeña.
- Ese tema es de Sara.
- Ese tema es tuyo.
- ¿Cómo que es mío?
-¿Es que no lo sabes? Sara eres tú. Sara eres tú, Sara eres tú, Sara eres tú...
- ¡Claro, Sara soy yo! -gritó Clara con alegría. ¿Y tú quién eres? Yo no soy tú, pero tú sí eres yo...

la carta...
Algunos días mas tarde el cartero llevo una postal a la casa. Era de Clara y todos se sentaron a leerla juntos.

Queridos Amigos
Es cierto que os hecho mucho de menos pero por ahora podéis buscar a alguien que ocupe el espacio que ocupe yo por un tiempo. Porque no tengo pensado regresar todavía.
Gracias por todo a todos.
Os quiero.

Besos Clara

Se miraron todos entre sí y la alegría y la complicidad se cruzó en todas las miradas.


Cuento enviado por: Corwam