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16/02/06

Amin Maalouf, para entender las grandes convulsiones de hoy

Identidades asesinas
Capítulo 2
Cuando la modernidad viene del mundo del otro

1

Todos los que se sienten fascinados, seducidos, inquietos, horrorizados o intrigados por el mundo árabe no tienen más remedio que plantearse de vez en cuando determinadas preguntas.
¿Por qué esos velos, esos chadores, esas barbas sombrías, esos llamamientos a la muerte? ¿Por qué tantas manifestaciones de arcaísmo, de violencia? ¿Es todo ello inherente a esas sociedades, a su cultura, a su religión? ¿Es el islam incompatible con la libertad, con la democracia, con los derechos del hombre y de la mujer, con la modernidad?
Es normal que esas preguntas se formulen, y merecen algo más que las simplistas respuestas que obtienen con demasiada frecuencia. Que obtienen de de ambas partes, quiero añadir – expresión que me gusta, como el lector ya habrá advertido. Sí, de ambas partes. No puedo seguir a los que repiten machaconamente, ayer como hoy, los mismos prejuicios contra el islam, y que se creen facultados, cada vez que se produce un hecho indignante para extraer conclusiones definitivas sobre la naturaleza de determinados pueblos y de su religión. Al mismo tiempo, no me siento cómodo antes las laboriosas justificaciones de los que repiten sin pestañear que todo lo que ocurre es el resultado de un lamentable malentendido, y que la religión no es sino tolerancia: sus motivaciones los honran, y no los pongo en el mismo plano que a los que destilan odio, pero su discurso no me convence.

Cuando se hace algo condenable en nombre de una doctrina, cualquiera que sea, ésta no es por ello culpable aun cuando no se la pueda considerar totalmente ajena a lo que se ha hecho. ¿Con qué razón podría yo afirmar, por ejemplo, que los talibanes de Afganistán no tienen nada que ver con el islam, Pol Pot nada que ver con el marxismo o el régimen de Pinochet con el cristianismo? Como observador, no tengo más remedio que constatar que en todos esos casos se trata de una utilización posible de la doctrina correspondiente, sin duda no la única ni la más extendida, pero que no puede descartarse precipitadamente. Cuando se produce una desviación, es en cierto modo muy fácil decidir que era inevitable; igual es perfectamente absurdo querer demostrar que no se debería haber producido nunca, que se trata de un mero accidente. Si se ha producido, es que había una cierta probabilidad de que se produjera.

Quien se sitúa dentro de un sistema religioso tiene pleno derecho a afirmar que se reconoce en una determinada interpretación de esa doctrina y no en otra.


Un creyente musulmán puede pensar que el comportamiento de los talibanes está en contradicción – o no lo está- con la letra y el espíritu de su fe. Yo, que no soy musulmán, y que me sitúo además, deliberadamente, fuera de cualquier sistema religioso, no me creo en absoluto capacitado para distinguir lo que es conforme al islam de lo que no lo es. Por supuesto que tengo mis deseos, mis preferencias, mi punto de vista. Incluso tengo continuamente la tentación de decir que tal o cual comportamiento extremado – poner bombas, prohibir la música o legalizar la ablación- no cuadra con mi visión del islam. Pero mi visión del islam no tiene ninguna importancia. Y aun si hubiera sido un doctor de la Ley, el más piadoso y el más erudito, mi opinión no habría puesto fin a ninguna controversia.

Por más que nos sumerjamos en los libros sagrados, consultemos a los exégetas y acopiemos argumentos, habrá siempre interpretaciones distintas, contradictorias. Apoyándonos en los mismos libros podemos aceptar la esclavitud o condenarla, rendir culto a las imágenes o echarlas a la hoguera, prohibir el vino o tolerarlo, defender la democracia o la teocracia; todas las sociedades humanas han sabido encontrar, en el transcurso de los siglos, las citas sagradas que aparentemente justificaban sus prácticas del momento. Han tenido que pasar dos o tres milenios para que las sociedades cristianas y judías, que se confiesan seguidoras de la Biblia, empiecen a decirse que el “no matarás” podría aplicarse también a la pena de muerte; dentro de cien años se nos explicará que es obvio qeu ha de ser así.

No cambian los textos, lo que cambia es nuestra mirada. Pero los textos no actúan sobre las realidades del mundo más que a través de nuestra mirada, que en cada época se fija en determinadas frases y pasa por otras sin verlas.

Por esta razón, a mi juicio no sirve de nada que nos preguntemos por “lo que realmente dice” el cristianismo, el islam o el marxismo. Si buscamos respuestas, y no sólo la confirmación de unos prejuicios, positivos o negativos, que ya están en nosotros, no es a la esencia de la doctrina a lo que hemos de atender, sino a los comportamientos de quienes a lo largo de la Historia se han considerado sus seguidores.

En su esencia, ¿es el cristianismo tolerante, respeta las libertades, se inclina hacia la democracia? Si formulamos así la pregunta, necesariamente tendremos qeu contestar “no”. Porque basta con consultar algunos libros de historia para comprobar que a lo largo de estos veinte siglos se ha torturado, se he perseguido y se ha matado mucho en nombre de la religión, y que las más altas autoridades de la Iglesia, así como la aplastantes mayoría de los creyentes, aceptaron el comercio de esclavos, el sometimiento de la mujer, las peores dictaduras o la Inquisición. ¿Quiere ello decir que en su esencia, el cristianismo es despótico, racista, retrógrado e intolerante? En absoluto, y basta con echar una mirada a nuestro alrededor para constatar que hoy sintoniza con la libertad de expresión, los derechos humanos y la democracia. ¿Hemos de sacar entonces la conclusión de que la esencia del cristianismo ha cambiado? ¿O, por el contrario, que el “espíritu democrático” que hoy lo anima estuvo oculto durante diecinueve siglos y no salió a la luz hasta mediados del siglo XX?

Para entenderlo bien, es evidente que tendríamos qeu formularnos las preguntas de otra manera: ¿ha sido la democracia, a lo largo de la historia del mundo cristiano, una exigencia permanente? La respuesta es claramente “no”. Pero, pese a todo, ¿ha podido instaurarse la democracia en sociedades de tradición cristiana? En este caso, claramente “sí”. ¿Cuándo y cómo se produce esa evolución? En esta pregunta – que tenemos el derecho a hacernos, con una formulación similar, con respecto al Islam-, la respuesta no puede ser tan suscinta como en las anteriores, pero sí es de las podemos tratar razonablemente de encontrar; me limitaré a decir en este punto que la instauración de una sociedad que respet las libertades ha sido progresiva e incompleta, y, si pensamos en la Historia en su conjunto, extraordinariamente tardía; que aunque las Iglesias han tomado nota de esa evolución, en general, más que provocar el cambio, lo han acompañado con más o menos reticencias; y que muchas veces el impulso de liberación ha venido de personas que se situaban fuera del marco del pensamiento religioso.

Es posible que estas últimas palabras les hayan gustado a quienes no llevan la religión en su corazón. Sin embargo, me siento obligado a recordarles que las peores calamidades del siglo XX en materia de despotismo, persecución, anulación de toda libertad y de toda dignidad humana no son imputables al fanatismo religioso, sino a otros fanatismos muy distintos que se las daan de enemigos acérrimos de la religión – caso del estalinismo- o que le daban la espalda – caso del nazismo y de lagunas otras doctrinas nacionalistas. Es verdad que a partir de los años setenta parece que el fanatismo religioso ha hecho lo indecible para acabar con ese déficit de horrores- y perdóneme el lector la exprsión; pero sigue teniendo un saldo negativo.

El siglo XX nos habrá enseñado qeu ninguna doctrina es por sí misma necesariamente liberadora: todas pueden caer en desviaciones, todas pueden pervertirse, todas tienen las manos manchadas de sangre: el comunismo, el liberalismo, el nacionalismo, todas las grandes religiones, y hasta el laicismo. Nadie tiene el monopolio del fanatismo, y a la inversa, nadie tiene tampoco el monopolio de lo humano.

Para ver tan delicadas cuestiones bajo una luz nueva y provechosa, hemos de ser, en todas las etapas de la investigación, muy escrupulosos con la equidad. Ni hostilidad, ni indulgencia, ni, sobre todo, la insufrible condescendencia que en Occidente y en otras partes del mundo parece haberse convertido para algunos en una segunda naturaleza.

(Fin del primer subcapítulo del capítulo 2 del libro Identidades asesinas: Cuando la modernidad viene del mundo del Otro)

Comentarios

..CREO QUE EL MUNDO REQUIERE VOCES VERDADERAMENTE HUMANAS..ATESTADAS DE UN DIOS...SIN ROSTRO..O CON TODOS LOS ROSTROS..
..QUIZÁS LA VERDAD ACERCA DEL SER HUMANO SE HA BUSCADO DEMASIADO TIEMPO ABRAZANDO SÓLO LOS INSTINTOS DEL MISMO..
SALUDOS AFECTUOSOS AL CAFÉ ..DESDE UNA MONTAÑA CHILENA..RENÉ

Anotado por: RENÉ | 28/02/06

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