14/02/06
Sobre el enamoramiento - Ortega

Basta enumerar algunas de las condiciones y supuestos del enamoramiento para que se haga altamente verosímil su extremada infrecuencia. Sin pretender con ello ser completo, podríamos decir que esas condiciones forman tres órdenes, como son tres los grandes componentes del amor: condiciones de percepción para ver la persona que va a ser amada, condiciones de emoción con que respondemos sentimentalmente nosotros a esa visión de lo amable y condiciones de constitución en nuestro ser o cómo sea el resto de nuestra alma. Porque, aun dándose correctamente las otras dos operaciones de percibir y sentir, aún puede acaecer que este sentimiento no arrastre ni invada ni informe toda nuestra persona, por ser ésta poco sólida y elástica, desparramada o sin resortes vigorosos.
Insinuemos breves sugestiones sobre cada uno de estos órdenes.
Para ser encantados necesitamos ante todo ser capaces de ver a otra persona, y para esto no basta con abrir los ojos (2). Hace falta una previa curiosidad, de un sesgo peculiar, mucho más amplia, íntegra y radical que las curiosidades orientadas hacia las cosas (como la científica, la técnica, la de turismo, la de “ver mundo”, etc.), y aun a actos particulares de las personas (por ejemplo, la chismografía). Hay que ser vitalmente curioso de humanidad, y de ésta en la forma más concreta: la persona como totalidad viviente, como módulo individual de existencia.
Sin esta curiosidad, pasarán ante nosotros las criaturas más egregias y no nos percataremos. La lámpara siempre encendida de las vírgenes evangélicas es el símbolo de esta virtud que constituye como el umbral del amor.
Pero nótese que, a su vez, tal curiosidad supone muchas otras cosas. Es ella un lujo vital que sólo pueden poseer organismos con alto nivel de vitalidad. El débil es incapaz de esa atención desinteresada y previa a lo que pueda sobrevenir fuera de él. Más bien teme a lo inesperado que la vida pueda traer envuelto en los pliegues de su halda fecunda, y se hace hermético a cuanto no se relacione desde luego con su interés subjetivo. Esta paradoja del interés “desinteresado” penetra el amor en todas sus funciones y órdenes, como el hilo rojo que va incluido en todos los cables de la Real Marina inglesa.
Simmel – siguiendo a Nietzsche- ha dicho que la esencia de la vida consiste precisamente en anhelar más vida. Vivir es más vivir, afán de aumentar los propios latidos. Cuando no es así, la vida está enferma y, en su medida, no es vida. La aptitud para interesarse en una cosa por lo que ella sea en sí misma y no en vista del provecho que nos rinda es el magnífico don de generosidad que florece sólo en las cimas de mayor altitud vital.
Que el cuerpo sea médicamente débil por defectos del aparato anatómico no arguye, sin más, defecto de vitalidad, como, viceversa, la corporeidad hercúlea no garantiza grandes energías orgánicas (así muy frecuentemente ocurre con los atletas).
Casi todos los hombres y las mujeres viven sumergidos en la esfera de sus intereses subjetivos, algunos sin duda, bellos o respetables, y con incapaces de sentir el ansia emigratoria hacia el más allá de sí mismos. Contentos o maltratados por el detalle de lo que les rodea, viven, en definitiva, satisfechos con la línea de su horizonte y no echan de menos las vagas posibilidades que a ultranza pueda haber. Semejante tesitura es incompatible con la curiosidad radical, que es, a la postre, un incansable instinto de emigraciones, un bronco afán de ir desde sí mismo a lo otro (3). Por eso es tan difícil que el petit bourgeois y la petite bourgeoise se enamoren de manera auténtica: para ellos es la vida precisamente un insistir sobre lo conocido y habitual, una inconmovible satisfacción dentro del repertorio consuetudinario.
Esta curiosidad, que es a la par ansia de vida, no puede darse más que en almas porosas donde circule el aire libre, no confinado por ningún muro de limitación- el aire cósmico cargado con polvo de estrellas remotas-.
Pero no basta ella para que “veamos” esa delicada y complejísima entidad que es una persona. La curiosidad prepara el órgano visual, pero éste ha de ser perspicaz. Y tal perspicacia es ya el primer talento y dote extraordinaria que actúa, como ingrediente, en el amor. Se trata de una especial intuición que nos permite rápidamente descubrir la intimidad de otros hombres, la figura de su alma en unión con el sentido expresado de su cuerpo.
(...)
Notas:
(1) Existe hoy en el mundo un grupo de hombres, dentro del cual me enorgullece encontrarme, que hace frente a la tradición empirista, según la cual todo acontece al azar y sin forma unitaria, aquí y ahora de un modo, allá y luego de otro, sin que quepa hallar otra ley de las cosas que el más o menos de la inducción estadística. En oposición a tan vasta anarquía reanudamos la otra tradición más larga y más honda de la perenne filosofía que busca en toda la “esencia”, el modo único.
Claro está que sería mucho más simple y cómodo pensar que el amor es de infinitas maneras, que en cada caso es diferente, etc., etc. Yo espero mantener siempre lejos de mí el rebajamiento intelectual que suscita ese modo de pensar y tanto halaga a las mentes inertes. La misión última del intelecto será siempre cazar la “esencia”, es decir, el modo único de ser cada realidad.
(2)Sobre este gran enigma de cómo vemos la persona ajena, remito al lector a dos ensayos míos “La percepción del prójimo” (Obras completas, tomo VI, pág. 153) y “Sobre la expresión, fenómeno cósmico” (en El Espectador, VII, Obras completas, tomo II, pág. 577)
(3) En cada sociedad, raza, época, falla la posibilidad de frecuente amor por defecto de una u otra condición. En España no es necesario buscar más lejos la razón de la rareza con que se da el hecho erótico, porque falta ya el primer supuesto. Son muy pocos los españoles, sobre todo las españolas, dotados de curiosidad, y es difícil hallar alguien que sienta el apetito de asomarse a la vida para ver lo que trae o puede traer. Es curioso asistir a una reunión de “sociedad” en nuestro país: la falta de vibración en el diálogo y en los gestos pronto revela que se está entre gentes dormidas- los biólogos llaman vita minima a la modorra invernal de ciertas especies-, las cuales no van a exigir nada a la hora que pasa, ni esperan nada los unos de los otros, ni, en general, de la existencia. Desde mi punto de vista es inmoral que un ser no se esfuerce en hacer cada instante de su vida lo más intenso posible
Estudios sobre el amor. José Ortega y Gasset
18:35 Anotado en Estudios sobre el amor | Permalink | Comentarios (4) | Email esto











































































Comentarios
Acabo de escuchar algo eso sí. Odio ser pesimista, pero un noticiero manda una nota predecible y poco original sobre que el enamoramiento verdadero dura seis meses. Así es que gracias a tu artículo y al bendito Ortega, creo más en un todo. En un conjunto donde no sólo entra la bobería, sino además ante todo, la suspicacia.
Nos vemos??
Gracias por el café
Anotado por: Intrépida | 15/02/06
Realmente pienso que Ortega sufre o pasa por una gran decepsion amorosa en la cual pone un empeño al explicar sobre que realmente es el verdadero amor
Anotado por: nany | 17/04/06
Sin duda hay mucha verdad en lo que dices, Nany... Cuando todo va bien, muere la búsqueda, la disposición a aprender, la investigación... Un amigo bromeaba un día: ¿por qué cuando pides algo a alguien y responde negativamente le insistes: ¿y por qué no? En cambio cuando responde que sí, no le preguntamos nunca "¿y por qué sí? :) ¡Tiene razón! Parece que nos basta y sobra con que las cosas se dén como queremos, ahí ya no necesitamos indagar más.
El sufrimiento de no tener lo que ansiamos es uno de los grandes motores que han impulsado a la humanidad a buscar respuestas. De todos modos, hay quien sufre y no se pregunta por qué sufre. Ortega parece uno de esos seres que vino al mundo con un libreta cargada de preguntas, creo que antes incluso de experimentar su primera decepción. Que por cierto, no conozco a nadie que no la haya tenido. Y por supuesto Ortega no solo se interrogó acerca del amor.
saludos
susan
Anotado por: Susan | 19/05/06
¿ QUÉ TAL SUSAN ?..
..TAL VEZ ..SIN DARNOS CUENTA NOS VAMOS HABITUANDO A OLVIDAR SENTIR ´´EL ¿ PARA QUÉ ?..DE NIETZSCHE..
EN FIN..A VECES SIENTO QUE ORTEGA NO SÓLO NOS LEGÓ " YO Y MIS CIRCUNSTANCIAS " SINO.." YO Y MIS INTERROGANTES""..
UN AFECTUOSO SALUDO A TODO EL CAFÉ..CARIÑOS DE VERDAD,SUSAN.... DESDE LA MONTAÑA..RENÉ
Anotado por: RENÉ | 04/06/06
Dejar un comentario